NACIONALES

Reconocimiento al mapa sonoro del país

Honoris Causa de las universidades de Jujuy y Tierra del Fuego a León Gieco y Gustavo Santaolalla

La ceremonia de entrega en la sala Caras y Caretas, fue ocasión para reconocer el proyecto como “un acto de soberanía cultural” y a dos artistas fundamentales de la música popular argentina.

Honoris Causa de las universidades de Jujuy y Tierra del Fuego a León Gieco y Gustavo Santaolalla

 

A principios de los años 80, León Gieco y Gustavo Santaolalla emprendieron un viaje de miles de kilómetros que dejaría huella en la historia de la música argentina. Armados con un equipo móvil de 16 canales y un sistema holofónico novedoso para la época, un generador de energía, registro de foto y video y en un colectivo que trasladó a un equipo de veinte personas, salieron a recorrer todas las provincias para registrar las voces, los instrumentos, los ritmos y los saberes de músicos populares que la industria comercial ignoraba. Así nació De Ushuaia a La Quiaca, que además de transformarse en tres discos -y un cuarto más adelante-, tomó la forma de un gran proyecto que revalorizó a la música popular argentina y a sus distintos ritmos y artífices.

A los premios y reconocimientos que, sin buscarlo, cosechó en estos más de cuarenta años aquella gira épica, se suma ahora uno muy especial. Las universidades nacionales de Tierra del Fuego y de Jujuy entregaron, juntas, el título de Doctores Honoris Causa a León Gieco y Gustavo Santaolalla. Fue en una cálida ceremonia en la Sala Caras y Caretas, con invitados de la cultura y organizaciones sociales, rectores y decanos de diferentes universidades e integrantes del CIN y también protagonistas de aquella aventura. Hubo risas, recuerdos y anécdotas compartidas y, por supuesto, no faltó la música de dos referentes que volvieron a encontrarse.

“Las universidades no sólo distinguimos trayectorias, sentimos que al hacerlo estamos diciendo quiénes somos, qué valores defendemos, qué país queremos”, marcó la vicerrectora de la Universidad Nacional de Jujuy, Liliana Bergesio. “Las universidades más extremas del país nos unimos, siguiendo el mismo gesto que alumbró De Ushuaia a La Quiaca. Y el sistema universitario, que hace tres años vive en crisis, hoy merecía una fiesta como esta, para encontrarnos”, destacó a su turno el rector de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Mariano Hermida.

Más tarde, Gieco y Santaolalla también fueron reconocidos como “Ciudadanos ilustres de La Quiaca”, con la presencia del intendente de la ciudad, Dante Velázquez. Y en otro momento especial, recibieron los bordados de las mujeres jujeñas de Bordadando Memoria.

Desde los márgenes

“En un país construido demasiadas veces desde el centro a las periferias, ustedes hicieron el camino inverso: fueron a escuchar a los márgenes. Y así, hicieron que nos reconozcamos. ‘Los márgenes’, dejamos de serlo. Y Ushuaia y La Quiaca se transformaron en lugares desde donde mirar la cultura, en toda su diversidad”, destacó la vicerrecotra Bergesio, dirigiéndose a Gieco y Santaolalla.

La académica ubicó la trascendencia de De Ushuaia a La Quiaca como “un acto de soberanía cultural”. “Ustedes hicieron música, camino, memoria. Levantaron valores que sentimos profundamente universitarios: aportes de inclusión, de defensa de la democracia y de los derechos humanos, de respeto por la diversidad, de democratización del conocimiento y compromiso con nuestros pueblos”, reconoció. “Gracias por haber puesto en el centro a quienes tantas veces quedamos en los márgenes. A un pueblo profundamente orgullos de su diversidad, de Ushuaia a La Quiaca”, volvió a resaltar en el cierre.

El rector Hermida ubicó lo que era la ciudad de Ushuaia en aquellos primeros años 80, con el conflicto por el Beagle (que había inspirado el himno “Solo le pido a Dios”) y la Guerra de Malvinas muy recientes, y a flor de piel. Y una Tierra del Fuego tan diferente a la actual, con 25 mil habitantes en un territorio insular que hoy alberga a 200 mil pobladores, especialmente golpeado por las políticas económicas del gobierno nacional.

Hasta el fronterizo Canal de Beagle llegaron en 1984 Gieco, Santaolalla y todo su equipo para grabar, con la chilena Isabel Parra, la canción-cueca “En la frontera”. Y otra de su madre, Violeta Parra, “Los pueblos americanos”: “Que terminen los ruidos en las fronteras, por un puñado e’ tierra no quiero guerra”, dice el tema, que resonaba muy especialmente en aquel momento, y en aquel lugar. Detrás estaban las montañas de la cordillera que Isabel, prohibida entonces en su país, no podía cruzar.

Los diplomas a los nuevos “doctores” fueron entregados, según las resoluciones de los consejos directivos de las facultades, por sus trayectorias y “en reconocimiento a sus aportes a la cultura argentina y latinoamericana”. También “por su coherencia ética, por su defensa de los derechos humanos, por su profundo vínculo con las culturas de Jujuy y Tierra del Fuego, por su tarea con la diversidad popular”.

Llegaron con regalos especiales, medallas hechas de madera de lenga, de Tierra del Fuego, en una caja de cardón y sobre un aguayo andino. Símbolos de la cultura que se teje De Ushuaia a La Quiaca.

Sonido propio

“De Ushuaia a La Quiaca nos marcó para siempre a todos, nos cambió la vida, dio muchos frutos”, dice Santaolalla. No solo habla de sus carreras artísticas; en su caso allí conoció a la fotográfa Alejandra Palacios que registro la gira, con quien formó pareja y tuvo dos hijos, Luna y Don Juan, todos presentes esta noche.

“Eramos dos jóvenes con necesidad de encontrar nuestra identidad y relacionarnos con la gente de manera directa. Sentíamos que no bastaba con cantar en nuestro idioma, también teníamos que tocar en nuestro idioma”, define Santaolalla. “Había que encontrar ese sonido, y para eso teníamos que ir a estar con la gente que hacía música como parte de sus vidas, no eran los gauchos con bombacha de satén. Y todo lo que pasó después terminó excediendo lo que íbamos a buscar: no tenía fines didácticos, no era una búsqueda antropológica, aunque terminó siéndolo”.

En una charla en escena con la periodista Gabriela Radice, a cargo de la conducción del evento, repasaron el momento creativo y vital especial en el que se dio un proyecto como este. Gieco recordó que atravesaba “un momento de mucha incertidumbre”, sin nuevos temas, buscando rumbo e inspiración.

Y agradeció “la visión creativa de Gustavo”, justamente esa idea de ir al revés: no traer a los artistas a grabar a Buenos Aires, sino ir a buscarlos a su entorno. “La otra gran visión suya: él insistió decía con que había que grabar cuarteto, yo tenía mis dudas. Era un momento en que el género no tenía la aceptación que tuvo después. Pero al final le dije: confío en vos. Cuando leí que habían declarado al cuarteto Patrimonio de la Humanidad, lo llamé para recordarle lo visionario que había sido”, contó entre risas.

La parada cordobesa del tour tuvo así un entrañable encuentro con el Cuarteto Leo, fundado por Augusto Marzano y marcado por el piano de Leonor Marzano. En ese cruce sorprende la zapada cuartetera en la que se cruza el el sonido tradicional del cuarteto familiar con la impronta de Gieco.

Con algunos otros compañeros de aventuras en el recuerdo desde los videos y presentes en la sala (además de Alejandra Palacios, el sonidista Héctor Starc, el técnico de grabación Gustavo Gauvry, en el acto hubo espacio para la música, con el violinsta Javier Casalla como invitado. Sonaron “Las ausencias”, de Gieco, en recuerdo del aniversario de La Noche de los Lápices, “Pensar en nada”. De Santaolalla, temas como su iniciático ”Ando rodando". Del recuerdo del proyecto homenajeado, “Don Sixto Palavecino”, la norteña “Las hojas tienen mudanza”, que alguna vez grabaron con Leda Valladares.

Un espejo donde mirarse

Muchos años antes de que se hablara de “word music”, o que se inventara el Buena Vista Social Club -advirtió Santaolalla- estos dos músicos “del palo del rock” fueron a buscar a referentes como Leda Valladares, que en el documental rescata la fuerza de la baguala y el canto vallisto como ese “canto cósmico para gente joven”.

Al Cuchi Leguizamón en Salta, a Sixto Palavecino y su violín, a Elpidio Herrera y sus sacha guitarras atamisqueñas y a los Carabajal en Santiago. A la coplera Gerónima Sequeida, a los bombos y las anatas de las comparsas de Humahuaca y La Quiaca. Al talento por entonces desconocido fuera de la quebrada del maestro rural y destacado guitarrista y compositor, Ricardo Vilca.

En Tucumán reunieron a 1500 niños de guardapolvos blancos y a 40 maestras con cajas para grabar el canto colectivo en el anfiteatro natural de El Cadillal, junto a Leda Valladares. Cruzando hacia Corrientes y Misiones, el proyecto se sumergió en el chamamé profundo de la mano de Isaco Abitbol, de las hermanas Vera.

Al final del viaje, Gieco y Santaolalla no solo habían grabado discos: habían trazado un mapa propio, como un espejo para mirarse y reconocerse.

Fuente: Página/12  

 



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